martes, septiembre 15, 2015

¿Qué baile en común tiene la izquierda con los nacionalismos?


POR TITOS
Al año que viene volveremos a hablar de Cataluña como noticia de actualidad, es una frase con la que nos despedimos entre amigos después de un rato de tertulia. Llevamos varios años que el tema se repite como una zozobra que no cesa, como algo que no cambia para mantenerse presente, con retoques de lenguaje que se matizan y se corrigen con cierta ambigüedad. El hecho es que la discusión en torno al hecho nacional está de moda, sin tinte de menosprecio, pero en la confusión de términos que se suceden: nación, nacionalidades, soberanía sin independencia, con ella, estado federal o de autonomías… En la raíz del tema nacional hay matices que podemos considerar como categoría histórica, pero otros de meros sentimientos instintivos.

En efecto, desde los inicios del psicoanálisis este sentimiento fue objeto de estudio de sus creadores, el individuo necesita integrarse en un grupo y para ello elige entre varias opciones que se le presentan, desde un club deportivo, a un sindicato, partido político,
iglesia religiosa…, en otras ocasiones, y a la par, se agita en él una conciencia de comunidad porque todos pertenecemos a un pueblo, a una comarca, como decía Caro Baroja. Si bien esa conciencia de grupo supone un sentirse dentro y distinguirse de los que están fuera, unnosotros y un ellos, una acogida positiva y una desconfianza hacia el otro bando. Alfred Adler decía también que el grupo incide en el individuo para transferirle sus complejos de inferioridad o superioridad que se plasma en espirales históricas de derrotas, humillaciones o de victorias y de resistencias. En un momento dado todo esto se trasfiere al complejo conceptual que conocemos como nacionalismo y de ahí a una entidad que conocemos como nación.
Nacionalismo que se reaviva cuando desde fuerzas externas se pretende imponer una cultura oficial unificadora que ahoga la cultura propia e, incluso, la lengua, que sirve como seña de identidad. Puede ser la reacción del sentimiento popular que en España resurgió durante la invasión francesa. Pero existe otro más sesgado que alimentan las burguesías que aspiran a control de instituciones locales y se enfrentan a poderes centrales, fue otra cara de la moneda que también se enarboló a lo largo del siglo XIX. Esta versión se agita de forma permanente porque las ambiciones nunca se encuentran satisfechas y se ondea de forma interesada y oportuna.
La pregunta está en cuál es papel que juega la izquierda, concretamente la española, blandiendo estos sentimientos, que en cierto modo divide a una población, en lugar de alentar formas que aglutinen al mayor número de personas para lograr una verdadera transformación en la sociedad. Permanece fiel a tesis de Lenin que propulsaba la autodeterminación de todos los pueblos, si bien a lo largo de sus escritos tuvo contradicciones sobre el tema, pero el más recurrido ha sido el escrito del 1914 en su polémica con Rosa Luxemburgo, donde defiende a ultranza la resolución aprobada en el Congreso de la II Internacional en Londres de 1896, que ha permanecido para los comunistas como un dogma. Si bien, en escritos anteriores al referido, donde trataba también del asunto de las nacionalidades, mantuvo que había que estudiar cada caso en particular en su contexto histórico, defendía ese derecho de los pueblos a la independencia en la zona del Este de Europa donde permanecían sometidos muchos de ellos a los imperios de Rusia y de Austria-Hungría, en situación de naciones oprimidas, lo identificaba como una lucha contra el absolutismo. Sin embargo, no hablaba de ningún pueblo de Europa occidental en situación de oprimido, incluso sostenía que se daban estados estables con cierto grado de democracia alcanzado. Rosa Luxemburgo, sin embargo, veía en la autodeterminación nacional una tesis que consolidaría a las burguesías locales. Dos posicionamientos que se han mantenido dentro de la izquierda a lo largo de sus debates, si bien ha prevalecido esa afirmación leninista, pues cada credo tiene sus dogmas y sus patriarcas. Varios años más tarde, una vez establecida la URSS, ningún pueblo de su inclusión pudo aspirar a la autodeterminación.
No obstante, quedan pendiente esas dos proposiciones de Carlos Marx que forman el eje del Manifiesto comunista: el proletariado no tiene país, por lo tanto la lucha por una nación es un asunto que le discurre ajeno a él; la otra, consecuente de la anterior y más contundente, consiste en impulsar al proletariado del mundo a la unión y a la causa común. Desde luego, todas las secesiones llevan a segregaciones. En este contexto, Marx y también Engels aplaudían el proceso de unificación de Alemania impulsado por Bismarck. Igualmente Trotsky criticaba el posicionamiento de Andres Nin por el apoyo que prestaba a la tendencia nacionalista catalana.
La izquierda española mantiene ese derecho a la autodeterminación como un lema confesional, aunque sostiene que no impulsa el independentismo ni incluso el nacionalismo. Juego de palabras difícil, por no decir imposible, de mantener y, por supuesto, de distinguir para el resto de la población. Mientras tanto, a la izquierda se la ve detrás de cualquier bandera nacionalista de pueblos ya abandonados en las sierras, impulsando lenguas que se reconstruyen forzadas porque nadie las habla. Es una herencia del pasado, cuando el luchar contra el franquismo podía impulsarse también desde las trincheras regionalistas, todo valía con tal de debilitar, pero han pasado los años, las realidades son diferentes. El no acoplarse en los temas puede llevar a la extinción.
Como se ha expuesto antes, el sentimiento nacional conlleva el distinguir entre personas de uno u otro bando, unas fronteras emocionales que azuza segregación, xenofobia, racismo y de ahí, como decía el historiador Antonio Fernández, al nazismo. También necesidad de expansión territorial, el correspondiente espacio vital, como defendía Hitler; basta observar la sorpresa última, la propuesta de Junts Pel Si de extender la independencia a Baleares, Valencia y la reivindicación sobre la parte oriental de Aragón; o cuando estaba vivo el independentismo vasco, pedía el norte de la provincia de Burgos y la zona oriental de Cantabria. Por otra parte, se podía ver los ejemplos de países del Este de Europa recientemente divididos, los procesos se repiten como una regla de Física: se comienza por una inestabilidad económica, la burguesía acapara las instituciones, prosigue el sistema de una economía de desigualdades, para salvar la crisis se desmantela el patrimonio público, ahora la burguesía lo acapara. Era lo que estaba esperando.
Objetivamente no se puede afirmar que en España no haya libertades políticas de todas y cada una de las regiones, cabe singularidades de los pueblos, también el seny catalán. Esta afirmación se puede mantener al igual que Artur Mas mantiene el discurso de victimismo en cada una de sus manifestaciones, como en la carta dirigida A los españoles y publicada en El País de domingo 6 de septiembre. Pero que la izquierda se ponga detrás de estos panfletos, en este u en otros nacionalismos, es al menos decepcionante.



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