jueves, noviembre 07, 2019

NOS JUBILAMOS DEL MUNDO LABORAL, NO DE LA VIDA por Rufino Hernández


Nosotros ya tenemos la vida hecha, nos importan las nuevas generaciones
Vivimos en el mundo de las prisas. Todo es fugaz. Las noticias pierden su actualidad en escaso número de horas. Pasan tantas informaciones por nuestro cerebro a lo largo del día, que pueden llevarnos a un mundo subliminal, en el cual se pierde hasta la propia ubicación.
   Prisas y más prisas, prisas que nos llevan a estar pendientes de lo nuevo, de lo más efímero, de lo más estridente. Ya no se usa la memoria, la sustituimos por el ordenador, por la tablet, el móvil o por el señor google.
  Lo viejo ya no se valora, se cambian muebles de roble por ligeros conglomerados de IKEA, y graníticas piedras que cubren muchas calles de nuestras ciudades, se cambian  por relucientes baldosas. Todo esto, en nombre de la modernidad.
   Esta modernidad es una daga contra nuestros mayores. Al terminar con su vida laboral pierden su presencia en la vida social, hasta en la política, se les sustituye por jóvenes sin arrugas y bien maqueados, a los jubilados se les arrincona como a muebles viejos.
  Para los gobiernos, las personas jubiladas simplemente son consideradas, en su conjunto, como un almacén de votos: Desde los ayuntamientos se les ofrece, como principal ocupación, el estar ante “el tapete reclinado”, que dejó escrito Machado y, desde el Gobierno, los viajes del IMSERSO, todo ello, bañado con un tinte de política-clientelar. Con estas políticas, esta sociedad desaprovecha infinidad de saberes y experiencias acumuladas en la vida de nuestros mayores, al basarse en ese vacuo sentido o creencia de la “modernidad”.
   No se pueden poner puertas al campo, la sociedad, como órgano vivo, pare sus propias alternativas. El parto ha sido el adecuado y en el momento oportuno: Ha llegado una  nueva generación de mayores que han levantado el grito. Estos nuevos jubilados y jubiladas se niegan a ser parte de esa almacén de votos, ni a reclinarse ante el verde tapete, exigen sus derechos, su sitio, su espacio en la sociedad.
   Como los viejos consejos de ancianos, vienen a recordarnos y a empujar con sus acciones, el sentido de dignidad y derechos que, a esta sociedad, día a día la van arrebatando: derechos sociales y políticos como la sanidad, la enseñanza, las pensiones, el trabajo, los cuidados… y que, para llevar a cabo y mantener estos robos, los gobiernos se dotan y arman con leyes, como la Ley Mordaza y las reformas laborales, con las cuales sumergen al ciudadano en miedos e indefensión.
   Es de agradecer el trabajo que estas nuevas generaciones de mayores están llevando a cabo, y del medio organizativo del que se han dotado: la Coordinadora Estatal de Pensionistas (COESPE), es más, este agradecimiento sube de tono al comprobar la actitud y el ideario de estas jubiladas y jubilados: este colectivo no trabaja, ni lucha, ni se esfuerza por sus propios intereses, en conversaciones con ellos, así me dicen: “Nosotros ya tenemos la vida hecha, luchamos por los que vienen detrás, por las nuevas generaciones.
   En estos tiempos que corren, encontrarse con gentes que te hablan desde sus entrañas con esa normalidad, es una suerte, es un toparse con un asidero necesario que te permite y estimula el seguir creyendo en el género humano, en la convicción de que otro mundo es posible.

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